Nengseduak, Tailandia

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Yo Creo

Con un equipo de Singapur y Tailandia este diciembre, empecemos armando una red de tutoría en una comunidad de la sierra del país que se llama Nengseduak, y en Blessing Home, un hostal para jóvenes de origen Lahu de varias comunidades que se quedan en el centro de la ciudad para estudiar.
Para mí, por primera vez en los 10 años que he trabajado en Chiang Rai, Tailandia, sentí que hicimos algo especial, algo que podemos continuar, algo que podemos construir y a su vez, nos vamos desarrollando a nosotros mismos.

En estas comunidades en Tailandia, había tantos retos que teníamos que superar. Antes de llegar allá siempre pensaba en todas las razones por las que podría ser un fracaso: Primero, no había un maestro ni escuela ni libros en la comunidad; y sí, es una pequeña comunidad, entonces entraríamos a su espacio, a su ambiente para crear la red de tutoría. Segundo, como siempre, el tiempo no estaría de nuestro lado: Entre semana, ya que los estudiantes asisten a una escuela en otro pueblo y llegan a la comunidad a las 5 de la tarde. A las 6 de la tarde, ya estaríamos trabajando en total oscuridad, debido a que no hay electricidad. Muchos de los alumnos trabajan los sábados, así que realmente solo tendríamos los domingos y una hora por día durante la semana para tutorar a todos los jóvenes de la comunidad. Tercero: La mayoría del equipo de tutores no hablaban el idioma tailandés con la excepción de tres estudiantes de una universidad en Chiang Rai y otro tailandés, tenía un equipo nuevo y era la primera vez que trabajaríamos juntos. Cuarto:

Queríamos realizar un programa de inglés a través de lo cual los alumnos aprenderían a escuchar, a leer, a mejorar su vocabulario, pero más que nada, a hablar. Sin embargo no contábamos con experiencia en relación tutora que fortaleciera dicha competencia, porque la mayoría de los temas en ingles que han trabajado en relación tutora en México se han enfocando a la comprensión de textos escritos, por otra parte, aunque se enseña inglés en la escuela en Tailandia, el idioma usa un alfabeto completamente diferente de lo que usa el idioma tailandés. En español, es factible poder decodificar palabras escritas en inglés y pensar en cognados, pero tailandés usa un sistema totalmente diferente.

Para mí, el reto más grande fue convencerles a los alumnos que podrían ser maestros. Esta idea va en contra de la cultura de Tailandia y en muchos otros países asiáticos, donde se enseña a memorizar, y no es el papel de un estudiante tutorar. Pensaba que este obstáculo sería lo más difícil de superar. Me preocupaba que los alumnos no quisieran tutorar, que fueran tímidos: no obstante, me avergoncé de mis pensamientos tan negativos, porque durante este viaje, conocí a algunos de los tutores más creativos e innovadores que he conocido.

Tenía que creer en ellos.

Empezamos el trabajo con los niños un domingo, el 11 de diciembre y trabajamos casi todo el día. Iniciamos el día entero un juego, y después los invitamos a elegir el tema que querían trabajar: una actividad para desarrollar sus destrezas de escuchar en inglés o una actividad sobre los adjetivos. Cada uno de nosotros, Jamorn, Jap, y yo, trabajamos con un alumno del nivel secundaria. Ese día trabajamos por 3 horas en la comunidad. Algunos de los alumnos tenían niveles tan bajos en inglés, que tuvimos que empezar desde el principio, modificando los temas en el momento de tutorar. Pensamos en actividades de sus niveles que a la vez les interesarían para asegurar que ellos pudieran entender y aplicar los aprendizajes.

Por dos semanas, cada día de nuestra visita, preparábamos los temas en las mañanas y en la tarde, íbamos en auto hasta la comunidad. A las 3 de la tarde, pintábamos la cancha deportiva o construíamos una biblioteca con libros que llevábamos. A las 5 de la tarde, empezaríamos la tutoría. Lo más significativo fue ver que aun después de un día largo de escuela, cada día los estudiantes corrían hasta nuestro equipo con sus cuadernos y lápices, listos para la tutoría. De hecho, cada día, los estudiantes tardaban menos y menos tiempo en cambiar su uniforme escolar para empezar el trabajo. No pienso que yo tendría la energía para cambiar mi ropa tan rápido después un día largo en la escuela para aprender más como los alumnos de esta comunidad. Algo diferente estaba en el aire.

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Podrías ver un cambio en cómo los alumnos percibían el aprendizaje. Mi parte favorita del viaje fue el último día en la comunidad Nengseduak y en Blessing Home. Este fue el día cuando los tutorados se convirtieron en tutores. En Blessing Home, los alumnos se juntaron en pares y comenzaron a tutorar, usando las mismas actividades, los mismos estiíllos que usamos con ellos. Ya eran expertos. No solamente dominaban los temas, sino que podían guiar a sus tutorados hasta un conocimiento profundo del tema aún mejor y más rápido que nosotros. Muchas de las actividades tenían que ver con vocabulario y el uso de los cinco sentidos para vivir las palabras nuevas. El equipo desarrolló una manera diferente de enseñar y aprender. Cuando los tutorados fueron probados, sabían el contenido y lo sabían bien.

Más que desarrollar vocabulario nuevo y promover la práctica de hablar y escuchar en inglés, establecimos una cultura de aprender. Ahora, preguntar y ser curioso eran parte de la vida cotidiana. Mientras caminábamos en el pueblo, alumnos señalaban a cosas como hojas o flores o la mesa o la gallina, y preguntaban cómo se dirían en inglés. Los niños de kínder jalaban nuestros camisas para enseñarnos que sabían dónde quedaron su “head” y sus “eyes”, y todas las otras partes del cuerpo que habíamos tutorado el día anterior. Lo mejor fue verles preguntando entre ellos.

Había una fe renovada en su propia gente que todos sabían un poco más, y todos sabían algo diferente, y aun los niños de kínder podían enseñarles a los alumnos de secundaria. En la comunidad había una niña, Nitaya, en el 5to grado de primaria que inventó nuevas actividades para aprender adjetivos cuando tutoró a dos alumnos de kínder. Cuando terminó, otro niño, Witaya en el 6to grado de primaria le acercó y le pidió tutorarle a él también. Sus ojos brillaron y ella le comenzó a tutorar.

Cada tutor tuvo una experiencia real de compartir su conocimiento y ahora creían que realmente pueden, que son capaces de hacerlo. Estaban animados por la oportunidad de compartir su conocimiento con sus compañeros; tenían seguridad porque nosotros realmente creíamos que ellos podrían. Para mí, los miembros de nuestro equipo de tutores, Meizhi y Bevin fue ejemplos de esta idea. En Nengseduak, había una niña que se llama Ah Choo, que tenía 11 años. De una edad muy joven, decidió que no quería ir a la escuela, entonces ella fue encargada de la cosecha de cacahuates de la comunidad . Apenas podía escribir o leer su propio nombre. Animados por el placer de ver el aprendizaje del otro, Meizhi y Bevin eran especialmente pacientes con Ah Choo hasta que supiera varios adjetivos en inglés. Creían en ella totalmente, y al final, la cara de ella brillaba con satisfacción cuando me enseño su cuaderno lleno de nuevas palabras y conocimientos.

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Es difícil medir la fe en una persona, pero si se puede sentir. Vi la fe porque le dio vida a la gente. Para ser honesta, el primer día que llegamos, la comunidad nos trató como gente de afuera – exactamente quienes éramos. Después de unos días, ganamos las sonrisas y participación de los alumnos. Después, las familias de los alumnos también nos acompañaron aun después del atardecer, y al final, dormíamos y comíamos juntos con los habitantes de la comunidad. Bailábamos y cantábamos con ellos también. Ya éramos familia.

Ahora el reto más grande es cuidar el proceso. Tendremos que , construir más temas y afinar los que ya tenemos, desarrollar las relaciones que establecimos, seguir innovando y mejorando, mientras guardamos nuestros principios y nuestra pasión y hambre para aprender y trabajar.

Algo sobre la tutoría que me parece importante es que todo lo que haremos nunca será suficiente. Pero eso está bueno porque nos impulsa innovar, improvisar, trabajar, y creer en la gente y en nosotros.

Regresando a México, siento que hay mucho más que hacer y el peso de mi responsabilidad de volver a Sud Este de Asia es aún más fuerte. Pienso en todos los lugares de mi región donde he trabajado: la escuela para niños de la calle en Camboya, en un hogar para niños en Calcuta. Hay gente con mucha hambre para aprender y sentimos una gran responsabilidad de hacer algo. Por fin, en la relación tutora, he encontrado respuestas que podrán crear cambios significativos para alumnos y sus familias. Esto es solamente el inicio y me llena de emoción.

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